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PROF. LUIS SALAS GARCÍA
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(q.e.p.d.)

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Segundo cronista de la ciudad

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2016-

 


NEMORIO MARTÍNEZ PASARÓN (con audio)

30/09/1993

Autor del huapango lento NIMBE

Autor: Leonardo Zaleta Juárez

Hoy, cuando la tarde envuelve el silencio redondo de su ausencia, emerge el recuerdo a la distancia de otro largo año.

Aquí está el espíritu de Nemorio Martínez Pasarón tal como era en vida: paliacate rojo al cuello, hilos de plata como testimonio inocultable del tiempo -ese aliado terco de la experiencia que se aparece siempre en el último tramo de nuestro caminar-, una guitarra inseparable que le sabía untar vida al sentimiento, y un corazón generoso que se prodigaba en el afecto con humildad y simpatía.

Como todos los grandes artistas, a Nemorio nadie le enseñó a tocar la guitarra, era autodidacta; viendo y oyendo aprendió solo. Empezó a acomodar los dedos en los trastes dibujados como escalera; acariciando el diapasón abrazaba la caja sonora de madera fina y bruñida rasgueando las cuerdas, y ésta respondía con acordes melódicos, canción tras canción.

A los 20 años formó dueto con Constantino Barrios, después con Luis Baousart, hasta que por fin apareció en la escena el famoso "Trio Totonacapan” integrado con otros dos excelentes artistas: Florencio Barrios y Raúl Ortega Chiconeti.

Su tío, el culto licenciado Ramón Aristeo Martínez Licona, en una ocasión en que se encontraba reunido un grupo de amigos que compartían las vibraciones del arte y la cultura, disertó sobre el tema de una novela cuyo autor Rodolfo González Hurtado tituló: "Nimbe, leyenda del Anáhuac", en cuyas páginas narra la historia de un príncipe del Señorío del Totonacapan llamado Itecupinqui, que encontrándose en Tenochtitlán para presenciar la ceremonia del Fuego Nuevo conoció accidentalmente y se enamoró de la joven que aún no había cumplido los 20 años, ocupada de la danza sagrada y destinada al sacrificio.

La hermosa danzarina náhuatl -que no totonaca, como generalmente se cree- súbitamente sintió la atracción de aquel gallardo mancebo de la lejana tierra de los tres corazones, y al cruzar las miradas un pacto secreto más grande que el destino los unió; así, para disputarle a los dioses el corazón y la vida de la mujer amada, Itecupinqui, aprovechando el desconcierto causado por una tormenta, en el arrobamiento de su locura raptó a Nimbe y la amó intensamente al arrullo de las palmeras de la costa, junto a ese mar digno de admirarse desde el santuario de piedra en honor al dios Tajín.
Asaltados por la cólera ante tal irreverencia las tropas mexicas hicieron sonar sus caracoles ordenando perseguir a la pareja para castigarlos con la muerte.

Entre la audiencia de bohemios aquella noche, estaba Nemorio, receptivo y sensible. La aventura del príncipe totonaca de Quiahuixtlan lo cautivó, se le metió en la piel. Nimbe desde entonces fue como una flor, o mejor, como un rosal trasplantado a nuestra tierra a la sombra de los platanares de la costa; las raíces de sangre florecieron con el devenir del tiempo. Y Nimbe fue totonaca como su amado que una noche apasionada le imprimió con un beso las huellas de su raza
Con su voz, con su inspiración, con su guitarra, Nemorio vistió con la túnica musical la leyenda grabada entre las piedras del sendero, desde el Anáhuac hasta el Totonacapan.

Va a ser difícil que alguien logre igualar esa composición, porque ese huapango brotado de su inspiración se convirtió en historia humedecida con la sangre ancestral de su estirpe de caballeros, se fue por todos los rumbos a recorrer el mundo, a contar en su dialecto y en todas las lenguas después, una leyenda de amor y sacrificio, un fragmento cotidiano de esas indígenas que pasean la blancura de la luna entre los pliegues de sus enaguas, y que desde sus jacales distantes llegan al pueblo a comerciar todo lo que el hombre arranca del surco con sus manos ágiles y vigorosas.

"Nimbe" no solo pinta la belleza de la mujer morena, le canta a nuestra raza, la que sabe sufrir y puede soñar. Elogia a la doncella que corona su negra cabellera con una batea rebosante de frijol, chiltepín, cilantro, vainilla, calabacitas, tomate chiquito y otras cosechas que esparcen los dulces aromas de la tierra, y que después de la vendimia, retorna en la fuga de la última luz, con el cansancio enredado a la cintura, con el calor resbalando por la espalda, pero aun así, alumbrando su vereda con un manojo de cocuyos robados a la noche.

En 1955, durante la feria de Corpus Christi, se reunió un selecto grupo de amigos en la casa del Sr. Fernando Calderón Collado; entre los invitados estaba Blas Galindo, extraordinario músico autor de la obra "Sones de mariachi” y en ese entonces director de la 0rquesta Sinfónica Nacional, quien elogió la canción en presencia del poeta Celestino Goroztiza, director del INBA.

El trio formado por Juan Martínez Pasarón, Isaías Sanies y Abdías García Parra, había hecho una magistral creación de "Nimbe" que impactó a tan doctos concurrentes. Así, en una servilleta de papel, el huapango de Nemorio surgió entre los pentagramas, apadrinado por uno de los más grandes músicos mexicanos a la par de Manuel M. Ponce, Silvestre Revueltas, Pablo Moncayo o Carlos Chávez.

En 1957, Nemorio formó un nuevo trío con Salvador Martínez Ornelas y Juan Martínez Pasarón en el requinto, con el que dio amplia difusión a su huapango. Zoyla "la nena" Guzmán destacó por su voz y sentimiento como una de sus primeras intérpretes. Después, las voces y guitarras del trío "Los Montejo", "Los extraños", el trío "Nimbe", de Puebla y otros cantantes lo dieron a conocer por todo el mundo enriquecido con bellos arreglos y estilos. El ballet de la Universidad Veracruzana a cargo de Miguel Vélez Arceo y el ballet "D'Luiggi" de Poza Rica, dirigido por José Luis Morales, han montado vistosas coreografías teniendo como tema central esa leyenda hecha canción.

Nemorio, voz pequeña pero bien timbrada, llena de matices, de color, y dedos que acariciaban el encordado, compuso algunas canciones como "La totonaca", "Canción de cuna" y "Lamento totonaca", pero indudablemente, la que le dio fama y proyección internacional fue "Nimbe", con la que celebró y bautizó el nacimiento de su hija mayor, Nimbe Martínez Figueroa.

El 30 de agosto de 1993, unos ángeles vinieron por él para que inundara con sus serenatas todo el azul sembrado de estrellas.

Setenta y seis años fueron pocos para aprender a quererlo; fueron muchos, porque impaciente, lo estaba esperando la eternidad.

 

 

 
       

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