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Prof. Luis Salas García y su alumno Zenón Ramírez García
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El Tajín en el siglo xviii
Dos exploraciones pioneras en Veracruz

Litografía coloreada de la Pirámide de los Nichos. Carl Nebel, Voyage
pittoresque et archéologique..., 1836. Reprografía: L. López Luján
Leonardo López Luján/Revista Arqueología Mexicana Volumen XV No. 89/Enero
Febrero 2008
A Rex Koontz y Sara Ladrón de Guevara
Un cabo de ronda y, poco después, un capitán de dragones fueron los
primeros europeos que visitaron las ruinas de El Tajín y nos dejaron
testimonio de sus impresiones. Esto aconteció a finales del periodo
colonial, época en la que se hicieron reconocimientos en Xochicalco, se
realizaron excavaciones en Palenque y se exhumaron monolitos espectaculares
en la ciudad de México.
Hacia 1831, el arquitecto alemán Carl Nebel (1805-1855) emprendió desde
la ciudad de México una expedición a los densos bosques tropicales del
Totonacapan, la cual le implicó un gasto de 1 200 pesos y una terrible
enfermedad que lo dejaría inactivo durante varios meses. Muy grande, sin
embargo, fue la retribución a sus esfuerzos, pues tuvo la oportunidad de
documentar gráficamente las ruinas veracruzanas de Mapilca, El Tajín y
Tuzapan. Al llegar al segundo de estos sitios, Nebel ordenó cortar los
árboles que crecían en torno a la Pirámide de los Nichos para delinear un
boceto que, tiempo después, serviría de base a la litografía más
espectacular de su álbum Voyage pittoresque et archéologique..., publicado
por primera vez en París en 1836. Situándose frente a la fachada oriental,
trazó una reconstitución geométrica –sin desplomes ni faltantes, aunque con
las alfardas figuradas como si fueran escalinatas laterales– con el fin de
que el interesado pudiera obtener medidas exactas de cualquier elemento
arquitectónico a partir de la imagen. Es por ello que en la litografía
resultante los seis cuerpos y la capilla de lajas de arenisca surgen
intactos de la vegetación, superponiéndose con elegancia hasta alcanzar unos
25 m de altura.
En el texto explicativo correspondiente, Nebel enfatiza que se requiere
de un “conocimiento local muy particular” para ubicar estas ruinas y, sobre
todo, de “una voluntad muy decidida para vencer los obstáculos que presentan
la travesía de un monte virgen”. Ahí mismo, el alemán se hace pasar como el
primer occidental que puso el pie en la bella pirámide: “Aunque mencionada
por el barón de Humboldt y otros... nunca ha sido dibujada, ni aun se ha
tenido una relación exacta sobre ella. Conocida sólo de reputación, nadie la
ha visto, excepto algunos indios de las inmediaciones”.
La visita de Diego Ruiz
Lejos de lo afirmado, a fines del siglo xviii El Tajín ya había recibido
a dos visitantes que nos dejaron testimonios de los monumentos más insignes.
Uno de ellos fue Diego Ruiz, quien en marzo de 1785 se topó con la Pirámide
de los Nichos en el transcurso de una inspección en busca de plantíos
clandestinos de tabaco. La visita quedó registrada en un artículo anónimo
que apareció en el número 42 de la Gazeta de México, el martes 12 de julio
de ese mismo año. Por su gran trascendencia para la historia de la
arqueología mexicana, aquí se transcribe íntegramente el artículo.
El texto fue acompañado por un grabado en cobre, firmado en el ángulo
inferior izquierdo por un tal “García” y con la glosa “ORIENTE” al pie de la
escalinata. Se trata, en realidad, de una reconstrucción del edificio.
Curiosamente, nada se observa de “los crecidos árboles” y las raíces
mencionadas en el texto, menos aún de la broza y la hojarasca; la vegetación
se limita a un par de diminutas plantas.
Todo parece indicar que muy pronto tendremos nuevos datos sobre esta
visita pionera, pues, en su último libro sobre El Tajín, Arturo Pascual nos
informa acerca del hallazgo y próxima publicación de importantes documentos
inéditos de Diego Ruiz. Por el momento, contentémonos con señalar que el
artículo anónimo de la Gazeta de México tuvo una repercusión inmediata en
los círculos ilustrados novohispanos y europeos de fines del siglo xviii.
Por ejemplo, los anticuarios José Antonio Alzate (1737-1799) y Ciriaco
González Carvajal (1745-ca. 1832) se refieren a este descubrimiento en sus
respectivos escritos.
José Pichardo (1748-1812), religioso de la orden de San Felipe Neri,
también supo reconocer su enorme trascendencia. En 1803, envió a Roma un
ejemplar de la Gazeta de México de 1785 y otro del suplemento de la Gazeta
de Literatura de 1791, este último con el famoso estudio de Alzate sobre las
ruinas de Xochicalco. El destinatario fue el jesuita e historiador exiliado
Andrés Cavo (1739-1803, quien justo antes de morir turnó ambos documentos a
otro miembro de la orden que durante el destierro se había vuelto experto en
la arquitectura clásica romana: Pedro José Márquez (1741-1820). Éste recibió
con tal beneplácito las publicaciones que en unos cuantos meses compuso Due
antichi monumenti di architettura messicana, impreso en 1804 por Il Salomoni.
En dicho ensayo Márquez no se limita a elaborar “un extracto para adaptar
las noticias al talento de la docta nación italiana”, sino que además se da
a la tarea de ir “agregando reflexiones” propias.
TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA
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Leonardo López Luján. Doctor en arqueología por la Université de Paris
X-Nanterre. Director del Proyecto Templo Mayor, inah. Investiga los orígenes
de la arqueología mexicana en el siglo xviii. Miembro del Comité
Científico-Editorial de esta revista.
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